Maryam es el nombre ficticio de una mujer como cualquiera de
nosotras, que ha tenido un aprendizaje a través del amor y la pasión. Vivir
esta experiencia la llevó al desgarro y la incertidumbre. En un momento, la luz
de la comprensión emerge y descubre la respuesta.
Maryam estaba hecha trizas, los hombres la habían
desilusionado y herido demasiado. Hacía un tiempo que estaba separada y se
había cerrado a la posibilidad de volver a intentar.
Era muy joven aún, tenía 22 años.
Había vivido experiencias muy duras y todo lo que ella
creía, se derrumbó. Muchos hombres eran los que se acercaban para invitarla a
salir, mayormente casados, lo que le hacía ver que todo en la vida era un
engaño. Sus amigas casadas también tenían sus affaires.
No juzgaba lo que veía, solo que si algo tenía bien en claro
era que ella no quería eso para su vida.
Debería vivir, aún, algunas cosas para lograrlo.
Frecuentando un grupo social, conoce a un hombre. Bastante
más mayor que ella pero distinto. Él pareció haber sucumbido ante ella cuando
“la descubrió”(*). Si bien ya venían
compartiendo el mismo círculo, jamás se habían acercado para hablar.
Le dijo que la amaba. Así nomás. Que era hermosa. Que era
hermosa como una virgen. Se lo decía y se emocionaba.
Imagínate, Maryam no tenía idea de quién o qué era esa
persona que había conocido. Tenía un desconcierto total, absoluto.
Poco a poco, lo dejó acercarse y comenzaron una relación que
duró 14 años, de los cuales 13 fueron de convivencia.
Él le enseñó el amor, la comprensión, la ausencia de querer
dominarla, el respeto y el cobijo. Él le mostró el camino de la espiritualidad.
Ella creía amarlo. Había dejado de temer. De resguardarse.
Se pudo abrir.
Era inofensivo. Estar con la guarda baja era inusual para
ella.
Lamentablemente, esa pasividad que él tenía para las cosas
mundanas marcaba una gran diferencia entre ellos.
Maryam era bastante más activa que él y con muchas
iniciativas y, con frecuencia lo incitaba a hacer cosas juntos que fracasaban
antes o durante la acción.
A medida que pasaron los años y los problemas económicos
acecharon, las diferencias se acentuaron aún más y pareció calarse una brecha.
A pesar de todo esto, ella sentía un amor enorme hacia él. Lo amaba.
Ella toma la decisión de retomar unos estudios. Conoce a un
profesor, entre tantos que había en el lugar, más joven que su pareja y
bastante atractivo. Pero ella no lo descubrió.
En el segundo año de cursada, él posa los ojos en ella y se
le acerca aparte para hablarle de la materia a estudiar. Ahí, en ese momento, ella lo descubre, lo vé
por primera vez como hombre y sintió su corazón saltar. Además nota que él
tiene especial interés en conquistarla.
Episodios de culpa y tortura.
Maryam siente una fuerte atracción por este hombre y un
deseo terrible de llevárselo a la cama, de degustarlo, de sentirse entre sus
brazos. Tartamudeaba al hablarle! Nerviosa cuando veía que se le estaba
acercando! Sentía que sus estructuras tambaleaban, sentía que perdía poder y
autonomía. Era como si éste hombre pudiera hacer lo que quisiera con ella sin
que pudiera negarle absolutamente nada.
Luego de las clases, al regresar a su casa, absorbida en su
vorágine de sensaciones sabía que tenía que disimular al llegar. Y una vez
adentro, comenzaba el martirio. Sentía que era terriblemente desagradecida, que
estaba cometiendo una falta grave que su pareja no merecía…y así, día tras día.
Maryam solía decir que ese momento lo podría graficar como que
ella era un mar, violento y tempestivo que golpeaba una y otra vez contra los
muros de contención. Que temía “desbordarse”.
Estaba sintiendo algo apasionado, como nunca antes. Por otro
lado también vivía el padecimiento de su “gran pecado”.
Este muchacho se acercaba cada vez más y ella sabía que
mucho más no iba a poder decir que no. Él le hacía saber con insistencia lo que sentía por ella y eso la desestabilizaba aún más.
Maryam terminó por abandonar sus estudios y esconderse en su
casa. Al año siguiente retomó las clases en otro lado, pero el muchacho la
encontró. La encontró porque nunca la dejó de buscar.
Todo se reveló en su casa y ella tuvo que decidir. Y se quedó adonde se sentía segura. Adonde
nada la dañaría ni le desataría esa “tempestad” con la que venía luchando.
Se quedó mucho tiempo anulando cada una de las cosas que la
relacionara al profesor, cada sensación, las cartas que él le había escrito,
las canciones dedicadas. Fue matando todo de a poco. Lentamente volvió a la
calma habitual. Comenzó a estudiar en su
casa y salir para los exámenes. Evitó los círculos sociales. Y comenzó a mirar
al suelo cuando salía a la calle. Tenía 28 años.
Qué temía???
Se mudaron de casa, de barrio, de provincia a capital. Y Maryam
comenzó a trabajar en el comercio de una amiga atendiendo al público. Por lo
tanto, eso la puso en contacto de nuevo con la gente. Se animó a sonreír y a
hacer brillar sus ojos; eso le atrajo nuevas invitaciones pero se divertía con
eso…
Conoció hombres que le atrajeron, no tanto como aquel
profesor, algunos más otro menos. No obstante, sabía que guardaba en secreto
ese fuego dormido.
Comenzó a preguntarse qué era lo que le pasaba, si realmente
era la persona que se merecía tener a un hombre tan bueno a su lado. Sentía que
lo amaba. Sentía, asimismo, que estaba “torciéndole el pescuezo” a una parte de
su propio ser, esa parte que sujetaba tan concienzudamente, porque tenía que
hacer lo que era correcto. Y así poder dormir sin culpas…
Visitó al padre de una amiga que estaba a horas de partir de
este mundo y la imagen la impactó. Se preguntó: Así se va la vida, tan
silenciosamente? Y qué hago con lo que soy y no fui? Me muero llevándome las
ganas de ser?
Era evidente que en sus planteos estaba conciente de que lo
que tenía como vida armoniosa o perfecta no coincidía con esa mujer tempestuosa
que tenía ganar de vivir.
Pasó el tiempo, seguía intentando encontrar en su pareja a
ese hombre que le despertase su parte apasionada y salvaje pero era en vano.
Se sentía desolada.
Ella sabía que lo amaba. También sentía que lo traicionaba.
Tenía culpa. Al mismo tiempo se le estrujaba algo por dentro, que quería
manifestarse.
La situación de pareja ya estaba mal, él presentía la
separación porque Maryam ya no era la misma.
Esto se fue acentuando cada vez más. Sus preguntas eran: qué
es lo que está bien y lo que está mal? A menudo decía: no debo, no debo, no
debo…pero qué hago con lo que siento?
Hago lo que está bien, sin embargo me quedo como vacía… Porqué me siento
insatisfecha?
Lloraba en silencio. Estaba mal con ella misma.
Sentía algo en su corazón, un dolor increíble. Se
manifestaba la guerra entre la mente y el corazón. Y ella era el campo de
batalla. Se deprimió, se apagó.
Todo iba perdiendo sentido de a poco. Se enfermó.
Pero lo amaba, y lo sabía. Estaba en un callejón sin salida.
Reconocer al Amor
Comenzó a pedir respuesta a lo Alto. Y en un momento de
profunda tristeza la respuesta llegó.
Estaba recostada en el sillón en la oscuridad, en posición
fetal <como nos ponemos cuando nos protegemos del mundo>, mirando dentro
de su mente lo sucedido, y empezó a recorrer para atrás. Rememoró las
circunstancias en que conoció a su pareja y de pronto vió todo claro.
Su pareja le llevaba casi 20 años, fue el amigo, el padre, el
hermano, el hombre que la regresó a la vida, que la sanó de sus heridas, que le
mostró a Dios y le dio una creencia en la vida. Y se acordó que él nunca le
había despertado la pasión sino que fue el gran sanador de su alma. Y lo amaba,
claro que lo amaba!! Lo amaba como a nadie había amado.
Le llevó tiempo tomar la decisión. Todo fue muy doloroso.
Maryam se preguntaba porque tenían que ser así las cosas y le reprochó a Dios
que él no haya sido el hombre con el que ella se hubiera apasionado. No quería
que las cosas fueran así. Sin embargo, sabía también que ella quería vivir.
Se separaron como pareja aunque jamás se separaron entre sí.
Tenía 36 años.
A veces cuando hablamos, Maryam me dice que siempre lo
amará. Que, a veces, se encuentran a charlar de sus vidas y que ambos tienen en
claro que ese amor que los une, trasciende lo terrestre. Que se aman
inmensamente y más allá de los tiempos.
Aunque parezca increíble, cada uno continuó sus vidas, él
halló un nuevo rumbo a la suya. Asimismo comprendió todo perfectamente y
reconoció que en los últimos años el vínculo entre ellos había sido muy fuerte
y sin embargo, no le molestaba perderla como mujer, solo que no quería perderla
de su vida. Que la amaba profundamente, que amaba su alma. Y que él era feliz
si ella lo era.
Maryam entendió que no debía abandonar al amor porque el
amor jamás la abandonaría.
Namasté
Marcela Alvarez
(*) Me refiero al ver como el ver al pasar, el mirar cotidiano, sin percibir ningún detalle de lo observado. Y descubrir cuando, de pronto, parece que se descorriese un velo y comenzas a darte cuenta de las particularidades y belleza de lo observado.